AMA
Esmeralda había colgado el teléfono,
eso significaba que me detestaba, que ya no quería nada más conmigo. Morí por
dentro, pero a los pocos minutos, un alma poseída en mí decidió llamarle. Ella
por supuesto contestó, tampoco es que no tuviera sangre en las venas. Quería
que sufriera, que sienta ese dolor que me causó, que quizás más que desistiera
y se arrepintiera, sufra más de lo que yo estaba sufriendo. Ahora con mi doble etiqueta:
ya no amigo, ya no enamorado, qué me quedaría.
—No sé qué hacer
—…por dónde estás
—caminando por la avenida Salaverry
—no te puedo decir qué hacer, me preocupas
—estaré bien—aguantándome el jadeo, pero no
las lágrimas
Llegué a la avenida 28 de Julio, quería tomar
un carro y poder alejarme de todo, hasta casa sería más de una hora. Eran como
las 6 de la tarde, pensé que llegaríamos a la noche. En mi casa se harían los
sorprendidos que mi cita fuera tan corta, además se me vería la amarga tristeza
en mi cara. En el carro, me senté junto a la ventana cerca a la puerta, por
donde se sienta el conductor; una cobradora zafia me pidió pasaje, creo que
atisbó a verme sollozar, con la música un poco alta, pensé que nadie me
escucharía. Le pasé mis dos cincuenta, “tome su boleto, joven”, me dijo con una
voz más amigable ahora.
Entendía muchas cosas a mi corta edad, pero me
desvanecía en el amor, sentía demasiado, pensaba poco, me posesionaba
completamente, y sentía que yo me entregaba por completo; sin embargo, ella no.
Era más independiente, y también se aburría rápido. Desvarié e imaginé que todo
esto era muy raro, que quizás ella estaría enamorada de otro, tenía muchos
amigos, era atractiva, pero, ¿quién? Empecé a hacer memoria de todo lo
manifestado por ella en algún pequeño ataque de celos que me gustaba darle para
calentar la relación, pero no me descuidaba al grado de que se sintiera
atosigada, me calmó los ánimos desde el primer día que se lo reclamé por
teléfono, pero ahora ya no éramos algo, así que podía mostrarme un poco “rata”.
A los dos días nos vimos, ella accedió a
conversar “como amigos”, se veía mejor al saber que era inalcanzable, imagino
que detectó mis miradas (derechos de exenamorado, creí). Luego empecé a
abordarle con preguntas básicas de cómo estaba ella, su trabajo, sus compañeros,
luego inspeccionando sus respuestas, creí oportuno preguntarle
—…Y alguien nuevo, que quizás te guste—, ella
volteó completamente la cabeza para
mirarme de frente
—¿Para eso decidiste que saliéramos? / Estoy
sola / creo que tenemos visiones diferentes.
Me quedé sin nada, otra vez. Luego de una
disculpa y un rato más de andar, nos despedimos.
En la noche le envié algunas canciones que le
gustaban a su messenger, luego vi que estaba escribiendo, me puse
ansioso, pero no mandó nada finalmente. Me arrepiento de quererla, quizás
porque me vi sufriendo más que ella, o quizás era el único.
A los dos años, la dejé ir. Sintonicé su
realidad ausente con la vida online, aún me duele verla. “Cuando alguien
se va, el que se queda, sufre más”.
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