Tarde de televisión
Nos cruzamos y nos
dijimos adiós con la mano, mamá se iba rápido al trabajo, yo llegaba cansada
luego de viajar en el bus una hora desde el colegio a la casa y agregado a esto
la caminata extra desde el paradero. Ese andar era un suplicio bajo un sol
fulgurante y una tierra seca y polvorosa. Las ventanas en casa estaban todas
cerradas, teníamos un hermoso patio en el corazón de la casa con piso de ocre, donde
recibíamos aire y luz limpios del exterior, dos pequeñas salas en cada piso: una
con sillones acolchados en el primer piso, donde casi no paraba nadie; y, otro
de madera y cojines más rústico en el segundo piso. Allí, casi siempre nos
reuníamos todos cada sábado y domingo. Teníamos varios cuartos; solía aferrarme
a uno de ellos, el de la cama más grande con el televisor en frente y desde
allí me acondicionaba, a solas, de lunes a viernes para almorzar y ver todos
los programas que quisiera; a veces, hasta quedarme dormida.
Estar sola en casa me
ayudó a ser muy introspectiva, sin embargo, en esa soledad constante, comprendí
que no era la única. Las tardes bonitas tenían luces y sombras, cuando sentí una
presencia que quiso abrazarme. Yo estaba de espaldas, mi corazón se agitó y me
agaché llevando la cabeza al pecho; al incorporarme no vi nada y a los segundos
recapacité que sería injusto ver de siniestro lo que no comprendía a plenitud. Decidí
seguir haciendo mis tareas, como si nada, luego si volvían mis miedos, hacía que
conversaba con alguien para confundir, y, “si querían asustarme ya lo hubieran
hecho”, solía pensar, y con ello envalentonaba mi espíritu.
Cuando mamá llegaba,
muchas veces ya estaba semidormida, solo oía sus pasos y el sonido que hacía al
abrir la puerta de mi cuarto para ver la forma abultada de mi cuerpo sobre la
cama. Entre nosotras había distancia de año luz; pero, con las
presencias me sentía aceptada, o era viceversa; poco a poco las integré a mi
rutina de las tardes, dejaba espacios, les hablaba, aunque no respondieran y
también reaccionaba sonriendo en lugar de asustarme ante sus apariciones, o
solo pasando sin advertirlas.
Una tarde mamá dejó
cerrada la entrada a su cuarto, el dormitorio con la cama grande y la
televisión estaban vetadas para mí; dijo que, por ahorrar luz eléctrica, dijo
que, porque yo abusaba; pero siempre pude entrar, y aprovechar la televisión
con series, programas musicales y lo que quisiera. No era divertida la
monotonía, necesitaba salir más, aunque no lo supiera; quizá, necesitaba ver y
sentir más allá de mis presencias.
Mamá nunca se enteró de
que veía la televisión, a pesar de que le echaba llave a la puerta, asumió las
cuentas de luz como cualquier otra, yo nunca le pude decir la verdad.
Lizeth Meliza
Pacco Quispe
(03/11/2019)
Referencia:
Javiera
Parra y los imposibles, Maldita
Primavera.
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